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Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra

CERVANTES, PADRE DE LA NOVELA MODERNA
 
 
Nace Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares, en el año de 1547. Es el cuarto hijo de un matrimonio desigual: el formado por Rodrigo de Cervantes, cirujano de cuota (es decir, sin titulación), sin bienes de fortuna y afectado por una sordera casi total desde niño; y Leonor de Cortinas, una dama de noble cuna que había recibido una esmerada educación, y que no pudo aportar nada al matrimonio, debido a la frontal oposición de sus padres a tal boda. Como vemos, el segundo apellido del autor del Quijote era Cortinas, y no Saavedra, nombre que tomaría años después, tras regresar de su cautiverio en Argel. Posiblemente naciera Miguel el 29 de septiembre, y recibiera, como era costumbre, el nombre del santo del día. Sólo hay evidencia de su acta bautismal, según la cual fue bautizado el 9 de octubre de 1547, en la iglesia de Santa María la Mayor. Ya estaban por entonces en el mundo sus hermanas mayores, Andrea y Luisa; otro hermano varón, Andrés, había fallecido al poco tiempo de nacer. A Miguel le seguirían otros tres: Rodrigo, Magdalena y Juan. 
 
La familia vivía en el corazón de Alcalá de Henares, en una casa contigua al hospital de Antezana. Pasaban estrecheces económicas, pues era difícil mantener a tantos hijos  con los exiguos ingresos de la profesión de don Rodrigo. En el año 1551 se trasladaron a Valladolid,  donde entonces se hallaba la Corte, en busca de mejor fortuna; allí se establecieron en el arrabal del Sancti Spiritus, y don Rodrigo, confiando en que así atraería a la clientela más solvente, contrató un ayudante, tomó un criado a su servicio y realizó una serie de gastos suntuarios que estaban realmente por encima de sus posibilidades. Al no poder devolver a tiempo un préstamo de 44.742 maravedíes, lo pusieron preso en la cárcel pública de Valladolid y le fueron embargados los enseres de la casa, el menaje, la ropa y los artículos necesarios para el ejercicio de su profesión. El desastre no fue total gracias a la rápida intervención de su madre, doña Leonor de Torreblanca, que en las cuarenta y ocho horas anteriores al embargo aprovechó para poner a su nombre la mayoría de los exiguos bienes que poseía su hijo. Varias veces fue liberado y vuelto a encarcelar, hasta que, seis meses después, consiguió liquidar las pertenencias que su madre había salvado y saldar con ellas la deuda pendiente. 
En cuanto se vio libre, en febrero de 1553, don Rodrigo volvió con su familia a Alcalá de Henares; pero como allí seguía sin poder ganarse la vida, decidió trasladarse, no sabemos con certeza si acompañado de su familia o no, a Córdoba. De allí era natural su padre, don Juan de Cervantes, licenciado en Derecho que había ejercido como juez de bienes confiscados por el Santo Oficio. Es posible que el pequeño Miguel asistiese allí al colegio de Santa Catalina, que los jesuitas acababan de fundar, y residiera con su familia en una casa de la plaza del Potro, uno de los lugares de ejercicio de la picaresca que luego recrearía en las páginas del Quijote y en sus Novelas Ejemplares.
A finales de 1564 reaparece don Rodrigo instalado en Sevilla, como administrador de unas casas de alquiler, bajo la protección de su hermano Andrés, que era propietario de una de ellas. Está demostrado que en esa estancia le acompañó su hija Andrea, entonces de veinte años de edad; pero no sabemos con certeza si el resto de la familia estaba con ellos, o bien habían permanecido en Alcalá. Tuvo lugar entonces la aventura amorosa de Andrea con el noble Nicolás de Obando, que después de prometerle matrimonio entabló con ella relaciones secretas de las cuales nació una hija, Constanza. Sin embargo, Nicolás, que era hijo de un magistrado del Consejo del Rey y sobrino del vicario general de Sevilla, no estaba dispuesto a casarse con la hija de un modesto cirujano, y rompió su promesa. Andrea le exigió una compensación económica y el apellido para su hija; Nicolás consintió. 
En el otoño de 1566, Rodrigo Cervantes se encuentra establecido con su familia en Madrid. Ahora está metido en negocios, entre otros, con Alonso Getino de Guzmán, músico, danzante y cómico, que había pertenecido a la compañía de Lope de Rueda y fue encargado de organizar los festejos para celebrar el nacimiento de la infanta Catalina Micaela, la segunda hija de Felipe II e Isabel de Valois. Gracias a él, el joven Miguel de Cervantes, a los diecinueve años, consigue dar difusión a su primer poema: un soneto compuesto para la ocasión, que apareció en uno de los medallones de los arcos conmemorativos. En 1568 le veremos estudiando con Juan López de Hoyos, rector del Estudio de la Villa, quien le encarga, llamándole “amado discípulo”, cuatro poemas para la relación oficial de las exequias de la reina, que se publicaría al año siguiente. Ya es Miguel de Cervantes todo un joven autor y poeta novel reconocido.
Sorprendentemente, en 1569 lo encontramos instalado en Roma, convertido en camarero del cardenal Giulio de  Acquaviva y Aragona, a cuyo servicio permanecería durante algo más de un año. ¿Cómo explicar tan brusco cambio de escenario? En septiembre de ese mismo año se había dictado una provisión real, en la que se ordenaba apresar al estudiante Miguel de Cervantes, por haber herido en duelo a un tal Antonio de Sigura, y se daban instrucciones para que con vergüenza pública le fuese cortada la mano derecha y estuviese en destierro del reino por diez años. Todo indica, pues, que tuvo que poner pies en polvorosa, y que gracias a los buenos oficios del banquero romano Pirro Boqui, amigo de su padre, pudo salir de España y entrar al servicio del cardenal. Plasmaría más tarde sus experiencias y su impresión de la ciudad de los Papas en las páginas de algunas de sus Novelas Ejemplares, como El licenciado Vidriera y La española inglesa.
Hacia la primavera de 1571, cuando el Papa Pío V crea la Santa Liga contra el Turco, Cervantes toma una decisión que marcará su vida: se alista en el ejército español. Con las tropas de Diego de Urbina, se embarca en la galera  Marquesa, enviada a prestar apoyo al contingente veneciano. A bordo, Cervantes enferma de malaria; las fiebres recurrentes que padece no le impiden luchar heroicamente en “la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”, como él llamaría a la batalla de Lepanto.  A bordo de la Marquesa recibe dos disparos en el pecho y un tercero en la mano izquierda, que se la dejaría inútil, convirtiéndolo para siempre en “el manco de Lepanto”.
 
Tras recuperarse de sus heridas, en 1572 se incorpora a la compañía de don Manuel Ponce de León, y ya como “soldado aventajado” participa en varias campañas militares sucesivas. En 1575, ya con veintiocho años de edad, decide regresar a España, y a principios de septiembre embarca en la galera  El Sol, que zarpa de Nápoles rumbo a Barcelona; pero una tempestad dispersa la flotilla en la que se integraba, y ya frente a las costas catalanas, su galera es apresada por corsarios berberiscos. Cervantes es conducido entonces a Argel, junto con los demás tripulantes; las cartas de recomendación que lleva consigo hacen que los corsarios lo crean una persona principal y pudiente, y fijan su rescate en quinientos ducados de oro, una cantidad que su familia no podía pagar de ninguna manera. Así comienzan los cinco años de cautiverio en los baños de Argel. Cervantes intentará fugarse hasta cuatro veces, pero siempre le traicionarán, le delatarán y las intentonas acabarán en un estrepitoso fracaso, asumiendo invariablemente don Miguel toda la responsabilidad para no perjudicar a sus compañeros. Su amo, el gobernador Hazán Bajá, terminó por cansarse de los problemas que le causaba aquel cautivo tan peligroso, y decidió enviarlo a Constantinopla. A punto de embarcar estaba, cuando el Redentor General de la provincia de Castilla, fray Juan Gil, pagó el monto del rescate. Era el 19 de septiembre de 1580. El dinero lo habían reunido, como pudieron, la madre y la hermana mayor de Cervantes. 
 
El 27 de octubre, tras cinco años y un mes de cautiverio,  desembarca Miguel de Cervantes en las costas de Alicante y regresa a Madrid. Tiene ya treinta y tres años; en Madrid intenta por todos los medios conseguir un cargo público que recompense sus servicios militares, pero sólo consigue que le encomienden una misión intrascendente en Orán, de la que regresa a principios de 1582.  No ceja en sus aspiraciones a conseguir alguna vacante, pero al mismo tiempo comienza a integrarse en el ambiente literario de la Corte, y escribe una novela pastoril, La Galatea, donde aparecen como personajes muchos de los poetas destacados de la época, con los que había hecho amistad. Datan seguramente también de estos años las primeras piezas teatrales suyas que se conservan: La Numancia y El trato de Argel, que más tarde refundirá con el título de Los baños de Argel. Surgen por entonces en Madrid los corrales de comedias, y escribir teatro se le antoja a nuestro autor el medio más rápido para ganar dinero y prestigio, al negársele una y otra vez la posibilidad de obtener cargo público alguno. No sabe en ese momento que el verdadero éxito teatral nunca le acompañará; logrará estrenar varias comedias, y éstas gustarán al público, pero triunfos rotundos como los de Lope o Calderón quedarán siempre lejos de su alcance. 
 
Mientras lucha por publicar sus obras, el año de 1584 traerá novedades a su vida personal. De sus relaciones con una mujer casada (una joven tabernera madrileña, llamada Ana de Villafranca o Ana Franca de Rojas) nace Isabel,  que será la única hija del autor, pues la posibilidad de que hubiera dejado un hijo en Italia, apuntada por ciertas fuentes y respaldada en opinión de muchos por ciertos párrafos de su Viaje al Parnaso, nunca se ha probado. Cuando lsabel, a los quince años, quede huérfana de madre, será recogida por una de las hermanas de Cervantes, Magdalena; vivirá desde entonces en compañía de la familia y recibirá el segundo apellido de su padre, Saavedra, otorgado por el propio escritor.   Pero en diciembre del mismo año del nacimiento de Isabel, el “manco de Lepanto”, que por entonces cuenta treinta y siete años de edad, se casa con Catalina de Salazar y Palacios. La novia es una joven de sólo diecinueve años que, pese a ser de origen campesino, sabía leer y escribir y dominaba el latín, algo muy poco corriente en su época. Cervantes la había conocido en Esquivias (Toledo), con ocasión de un viaje que hizo buscando patrocinadores para la publicación de sus escritos. Pese a la diferencia de edad, resulta claro que la muchacha quedó fascinada por los encantos de aquel maduro soldado que tan bellas palabras sabía decirle; y esa fascinación no fue efímera, pues Catalina y Miguel formaron un matrimonio unido y feliz, superando juntos las muchas pruebas que la vida les tenía reservadas.
Poco después de su boda, el horizonte vital de Cervantes parece aclararse, cuando obtiene lo que tanto había anhelado. Por mediación del Alcalde de la Real Audiencia de Sevilla, Diego de Valdivia, Miguel de Cervantes es nombrado comisario real de abastos para la Armada Invencible.  Pero el cargo no es ni pacífico ni agradable: se trata de requisar grandes cantidades de grano, aceite, trigo y otras provisiones, con el consiguiente disgusto de sus propietarios, que no dudarán en intentar vengarse de él. Así comienzan quince años de peregrinaje por tierras de Sevilla, Córdoba y Jaén, llenos de denuncias y sinsabores. Lo excomulgan dos veces, en Sevilla y en Córdoba, por haber requisado grano perteneciente a la Iglesia; en Écija (Sevilla) es acusado de malversaciones, pero sale absuelto; en Castro del Río (Córdoba) es encarcelado por venta ilegal de trigo, si bien sale pronto en libertad gracias a la mediación de un amigo poderoso… Agobiado por tantas dificultades, dirige una petición al presidente del Consejo de Indias, solicitando un oficio allí; pero una vez más, recibe una respuesta negativa y decepcionante: “Busque por acá en qué se le haga merced.” Sin embargo, y a despecho de tantos sobresaltos, no abandona la pluma: escribe la Novela del Cautivo, que luego intercalará en la primera parte del Quijote; firma un contrato con Rodrigo Osorio por el que se compromete, a cambio de 300 ducados, a componerle seis comedias; escribe algunos poemas sueltos (odas a la Invencible, romances como La morada de los celos) y es posible que esboce algunas de sus novelas cortas, como El celoso extremeño y Rinconete y Cortadillo.
En 1593, su labor como comisario de abastos toca a su fin, coincidiendo con la muerte de su madre en octubre. Al año siguiente, Agustín de Cetina le encomienda una nueva tarea de recaudador, esta vez de los atrasos de tasas en el reino de Granada. La fatalidad hizo que Cervantes depositara el dinero recaudado en la banca de Simón Freire, que quebró poco después. Como le fue imposible reponer aquella cantidad con sus propios medios, Cervantes fue encarcelado en Sevilla el 6 de septiembre de 1597, por orden del juez Gaspar de Vallejo. Tan injusta prisión se prolongó varios meses, durante los cuales probablemente  esbozó el esquema del Quijote, e incluso comenzó su redacción. Ya fuera de la cárcel, compone el famoso soneto Al túmulo de Felipe II: “Voto a Dios que me espanta esta grandeza / y que diera un doblón por describilla…”
En el verano de 1600 abandona Sevilla, y entre nuevas complicaciones económicas se dedica de lleno a trabajar en el Quijote. En el año de 1603, el matrimonio Cervantes se instala en Valladolid, que es la nueva sede de la Corte. Les acompañan cuatro mujeres, todas parientes del autor: Andrea, su hermana mayor; Constanza, la hija de ésta; Magdalena, su hermana menor; e Isabel, su hija con Ana Franca. Todos juntos viven en el barrio del Rastro de los Carneros, junto al hospital de la Resurrección, donde el autor situará la acción de su novela corta El coloquio de los perros. 
El 16 de enero de 1605 se publica El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, dedicado al duque de Béjar, en la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta. El éxito es inmediato y fulgurante: enseguida salen ediciones piratas en Valencia, Zaragoza y Lisboa; a los tres meses, Cuesta lanza una segunda edición; cientos de ejemplares se embarcan rumbo a América... La alegría reina en casa del escritor ante un triunfo tan rotundo como inesperado, pero les durará poco: a finales de junio, un caballero de la Orden de Santiago llamado Gaspar de Ezpeleta es herido de muerte a las puertas de los Cervantes.  El juez encargado del caso, Diego de Villarroel, amparándose en la mala fama que en Valladolid tenían “las cervantas”, ordenó el encarcelamiento del escritor y de parte de su familia. Fue una prisión efímera, pero determinó que, al regresar la Corte a Madrid, Cervantes y su familia  fueran tras ella. A partir de 1606 vivirán, primero, en el barrio de Atocha; después, en la calle de la Magdalena, muy cerca de la imprenta de Juan Cuesta; y mucho más tarde, en el número 18 de la calle Huertas.
En el año de 1609, Cervantes cuenta ya sesenta y dos años de edad cuando empieza a perder a algunos de sus familiares más cercanos. En octubre muere su hermana Andrea; seis meses después muere su nieta, Isabel Sanz, fruto de las relaciones de su hija Isabel con Juan de Urbina; y a los pocos meses, su hermana Magdalena.  Él es ya un novelista consagrado y célebre, que asiste a las academias de moda y ve su Quijote traducido al inglés por Thomas Shelton.  No obstante, las decepciones que le han acompañado durante toda su vida siguen sucediéndose: en 1610 intenta acompañar a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, a su virreinato en Nápoles; pero el poeta y dramaturgo Lupercio Leonardo de Argensola, encargado de organizar la comitiva, lo deja fuera, lo mismo que a Góngora. 
En 1613 ven la luz las Novelas ejemplares, dedicadas al Conde de Lemos y publicadas también por Juan de la Cuesta. En 1614 se publica el Viaje al Parnaso, y César Oudin traduce el Quijote al francés. En 1615 sale la recopilación de su teatro (Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados) y la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha; en ese mismo año el matrimonio Cervantes se muda de casa por última vez, instalándose en la calle de Francos, frente al mentidero de los comediantes.
La salud del escritor ya no es buena, y ve su propia muerte cada vez más cercana. Enfermo de hidropesía y preocupado por su salvación, en el año de 1616 pronuncia los votos definitivos en la Orden Tercera de San Francisco, congregación de laicos formada por personas devotas, a la que ya pertenecía como novicio desde hacía algún tiempo.  El 18 de abril recibe los últimos sacramentos; el 19 del mismo mes redacta sus últimas líneas: la estremecedora dedicatoria de su novela póstuma, Los trabajos de Persiles y Sigismunda (Historia setentrional), dirigida al Conde de Lemos, que comienza así:
“Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: “Puesto ya el pie en el estribo”, quisiera yo que no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar, diciendo:
Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te escribo.”
 
 El viernes 22 de abril de 1616, un día antes de que lo hiciera William Shakespeare, el más universal de sus coetáneos, murió don Miguel de Cervantes a los sesenta y ocho años de edad. Fue enterrado al día siguiente, con el sayal franciscano, en el convento de las trinitarias descalzas de la que entonces era la calle Cantarranas, hoy calle de Lope de Vega, donde había profesado su hija Isabel de Saavedra.
Su viuda, Catalina de Salazar, gestionó en 1617 la publicación de Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Después decidió profesar también ella en la Orden Trinitaria, y pidió que, a su muerte, la enterraran en el mismo lugar que a su marido. Viviría en el convento hasta su fallecimiento, en 1626.
 
 
BIBLIOGRAFÍA
 
Cabañas Agrela, José Miguel: “Breve historia de Cervantes”. Ediciones Nowtilus, 2016.
Calvo Poyato, José: “Cervantes y Córdoba”. ABC de Sevilla, 16 de enero de 2016.
Garcés, María Antonia: “Los avatares de un nombre: Saavedra y Cervantes”. Revista de literatura, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, nº 130, año 2003.
Luengo, Segismundo: “Catalina de Esquivias: Memorias de la mujer de Cervantes”. Editorial Sial, año 2009.
Rodríguez Soto, Osvaldo: “Cronología cervantina”. Universidad de Alcalá de Henares (www.cervantes.uah.es)
Sliwa, Kryzstof: “Vida de Miguel de Cervantes Saavedra”. Estudios de Literatura 95, año 2005.
 

Biografía escrita por Raquel Yepes Sola

 


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Miguel de Cervantes Saavedra

CERVANTES, PADRE DE LA NOVELA MODERNA
 
 
Nace Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares, en el año de 1547. Es el cuarto hijo de un matrimonio desigual: el formado por Rodrigo de Cervantes, cirujano de cuota (es decir, sin titulación), sin bienes de fortuna y afectado por una sordera casi total desde niño; y Leonor de Cortinas, una dama de noble cuna que había recibido una esmerada educación, y que no pudo aportar nada al matrimonio, debido a la frontal oposición de sus padres a tal boda. Como vemos, el segundo apellido del autor del Quijote era Cortinas, y no Saavedra, nombre que tomaría años después, tras regresar de su cautiverio en Argel. Posiblemente naciera Miguel el 29 de septiembre, y recibiera, como era costumbre, el nombre del santo del día. Sólo hay evidencia de su acta bautismal, según la cual fue bautizado el 9 de octubre de 1547, en la iglesia de Santa María la Mayor. Ya estaban por entonces en el mundo sus hermanas mayores, Andrea y Luisa; otro hermano varón, Andrés, había fallecido al poco tiempo de nacer. A Miguel le seguirían otros tres: Rodrigo, Magdalena y Juan. 
 
La familia vivía en el corazón de Alcalá de Henares, en una casa contigua al hospital de Antezana. Pasaban estrecheces económicas, pues era difícil mantener a tantos hijos  con los exiguos ingresos de la profesión de don Rodrigo. En el año 1551 se trasladaron a Valladolid,  donde entonces se hallaba la Corte, en busca de mejor fortuna; allí se establecieron en el arrabal del Sancti Spiritus, y don Rodrigo, confiando en que así atraería a la clientela más solvente, contrató un ayudante, tomó un criado a su servicio y realizó una serie de gastos suntuarios que estaban realmente por encima de sus posibilidades. Al no poder devolver a tiempo un préstamo de 44.742 maravedíes, lo pusieron preso en la cárcel pública de Valladolid y le fueron embargados los enseres de la casa, el menaje, la ropa y los artículos necesarios para el ejercicio de su profesión. El desastre no fue total gracias a la rápida intervención de su madre, doña Leonor de Torreblanca, que en las cuarenta y ocho horas anteriores al embargo aprovechó para poner a su nombre la mayoría de los exiguos bienes que poseía su hijo. Varias veces fue liberado y vuelto a encarcelar, hasta que, seis meses después, consiguió liquidar las pertenencias que su madre había salvado y saldar con ellas la deuda pendiente. 
En cuanto se vio libre, en febrero de 1553, don Rodrigo volvió con su familia a Alcalá de Henares; pero como allí seguía sin poder ganarse la vida, decidió trasladarse, no sabemos con certeza si acompañado de su familia o no, a Córdoba. De allí era natural su padre, don Juan de Cervantes, licenciado en Derecho que había ejercido como juez de bienes confiscados por el Santo Oficio. Es posible que el pequeño Miguel asistiese allí al colegio de Santa Catalina, que los jesuitas acababan de fundar, y residiera con su familia en una casa de la plaza del Potro, uno de los lugares de ejercicio de la picaresca que luego recrearía en las páginas del Quijote y en sus Novelas Ejemplares.
A finales de 1564 reaparece don Rodrigo instalado en Sevilla, como administrador de unas casas de alquiler, bajo la protección de su hermano Andrés, que era propietario de una de ellas. Está demostrado que en esa estancia le acompañó su hija Andrea, entonces de veinte años de edad; pero no sabemos con certeza si el resto de la familia estaba con ellos, o bien habían permanecido en Alcalá. Tuvo lugar entonces la aventura amorosa de Andrea con el noble Nicolás de Obando, que después de prometerle matrimonio entabló con ella relaciones secretas de las cuales nació una hija, Constanza. Sin embargo, Nicolás, que era hijo de un magistrado del Consejo del Rey y sobrino del vicario general de Sevilla, no estaba dispuesto a casarse con la hija de un modesto cirujano, y rompió su promesa. Andrea le exigió una compensación económica y el apellido para su hija; Nicolás consintió. 
En el otoño de 1566, Rodrigo Cervantes se encuentra establecido con su familia en Madrid. Ahora está metido en negocios, entre otros, con Alonso Getino de Guzmán, músico, danzante y cómico, que había pertenecido a la compañía de Lope de Rueda y fue encargado de organizar los festejos para celebrar el nacimiento de la infanta Catalina Micaela, la segunda hija de Felipe II e Isabel de Valois. Gracias a él, el joven Miguel de Cervantes, a los diecinueve años, consigue dar difusión a su primer poema: un soneto compuesto para la ocasión, que apareció en uno de los medallones de los arcos conmemorativos. En 1568 le veremos estudiando con Juan López de Hoyos, rector del Estudio de la Villa, quien le encarga, llamándole “amado discípulo”, cuatro poemas para la relación oficial de las exequias de la reina, que se publicaría al año siguiente. Ya es Miguel de Cervantes todo un joven autor y poeta novel reconocido.
Sorprendentemente, en 1569 lo encontramos instalado en Roma, convertido en camarero del cardenal Giulio de  Acquaviva y Aragona, a cuyo servicio permanecería durante algo más de un año. ¿Cómo explicar tan brusco cambio de escenario? En septiembre de ese mismo año se había dictado una provisión real, en la que se ordenaba apresar al estudiante Miguel de Cervantes, por haber herido en duelo a un tal Antonio de Sigura, y se daban instrucciones para que con vergüenza pública le fuese cortada la mano derecha y estuviese en destierro del reino por diez años. Todo indica, pues, que tuvo que poner pies en polvorosa, y que gracias a los buenos oficios del banquero romano Pirro Boqui, amigo de su padre, pudo salir de España y entrar al servicio del cardenal. Plasmaría más tarde sus experiencias y su impresión de la ciudad de los Papas en las páginas de algunas de sus Novelas Ejemplares, como El licenciado Vidriera y La española inglesa.
Hacia la primavera de 1571, cuando el Papa Pío V crea la Santa Liga contra el Turco, Cervantes toma una decisión que marcará su vida: se alista en el ejército español. Con las tropas de Diego de Urbina, se embarca en la galera  Marquesa, enviada a prestar apoyo al contingente veneciano. A bordo, Cervantes enferma de malaria; las fiebres recurrentes que padece no le impiden luchar heroicamente en “la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”, como él llamaría a la batalla de Lepanto.  A bordo de la Marquesa recibe dos disparos en el pecho y un tercero en la mano izquierda, que se la dejaría inútil, convirtiéndolo para siempre en “el manco de Lepanto”.
 
Tras recuperarse de sus heridas, en 1572 se incorpora a la compañía de don Manuel Ponce de León, y ya como “soldado aventajado” participa en varias campañas militares sucesivas. En 1575, ya con veintiocho años de edad, decide regresar a España, y a principios de septiembre embarca en la galera  El Sol, que zarpa de Nápoles rumbo a Barcelona; pero una tempestad dispersa la flotilla en la que se integraba, y ya frente a las costas catalanas, su galera es apresada por corsarios berberiscos. Cervantes es conducido entonces a Argel, junto con los demás tripulantes; las cartas de recomendación que lleva consigo hacen que los corsarios lo crean una persona principal y pudiente, y fijan su rescate en quinientos ducados de oro, una cantidad que su familia no podía pagar de ninguna manera. Así comienzan los cinco años de cautiverio en los baños de Argel. Cervantes intentará fugarse hasta cuatro veces, pero siempre le traicionarán, le delatarán y las intentonas acabarán en un estrepitoso fracaso, asumiendo invariablemente don Miguel toda la responsabilidad para no perjudicar a sus compañeros. Su amo, el gobernador Hazán Bajá, terminó por cansarse de los problemas que le causaba aquel cautivo tan peligroso, y decidió enviarlo a Constantinopla. A punto de embarcar estaba, cuando el Redentor General de la provincia de Castilla, fray Juan Gil, pagó el monto del rescate. Era el 19 de septiembre de 1580. El dinero lo habían reunido, como pudieron, la madre y la hermana mayor de Cervantes. 
 
El 27 de octubre, tras cinco años y un mes de cautiverio,  desembarca Miguel de Cervantes en las costas de Alicante y regresa a Madrid. Tiene ya treinta y tres años; en Madrid intenta por todos los medios conseguir un cargo público que recompense sus servicios militares, pero sólo consigue que le encomienden una misión intrascendente en Orán, de la que regresa a principios de 1582.  No ceja en sus aspiraciones a conseguir alguna vacante, pero al mismo tiempo comienza a integrarse en el ambiente literario de la Corte, y escribe una novela pastoril, La Galatea, donde aparecen como personajes muchos de los poetas destacados de la época, con los que había hecho amistad. Datan seguramente también de estos años las primeras piezas teatrales suyas que se conservan: La Numancia y El trato de Argel, que más tarde refundirá con el título de Los baños de Argel. Surgen por entonces en Madrid los corrales de comedias, y escribir teatro se le antoja a nuestro autor el medio más rápido para ganar dinero y prestigio, al negársele una y otra vez la posibilidad de obtener cargo público alguno. No sabe en ese momento que el verdadero éxito teatral nunca le acompañará; logrará estrenar varias comedias, y éstas gustarán al público, pero triunfos rotundos como los de Lope o Calderón quedarán siempre lejos de su alcance. 
 
Mientras lucha por publicar sus obras, el año de 1584 traerá novedades a su vida personal. De sus relaciones con una mujer casada (una joven tabernera madrileña, llamada Ana de Villafranca o Ana Franca de Rojas) nace Isabel,  que será la única hija del autor, pues la posibilidad de que hubiera dejado un hijo en Italia, apuntada por ciertas fuentes y respaldada en opinión de muchos por ciertos párrafos de su Viaje al Parnaso, nunca se ha probado. Cuando lsabel, a los quince años, quede huérfana de madre, será recogida por una de las hermanas de Cervantes, Magdalena; vivirá desde entonces en compañía de la familia y recibirá el segundo apellido de su padre, Saavedra, otorgado por el propio escritor.   Pero en diciembre del mismo año del nacimiento de Isabel, el “manco de Lepanto”, que por entonces cuenta treinta y siete años de edad, se casa con Catalina de Salazar y Palacios. La novia es una joven de sólo diecinueve años que, pese a ser de origen campesino, sabía leer y escribir y dominaba el latín, algo muy poco corriente en su época. Cervantes la había conocido en Esquivias (Toledo), con ocasión de un viaje que hizo buscando patrocinadores para la publicación de sus escritos. Pese a la diferencia de edad, resulta claro que la muchacha quedó fascinada por los encantos de aquel maduro soldado que tan bellas palabras sabía decirle; y esa fascinación no fue efímera, pues Catalina y Miguel formaron un matrimonio unido y feliz, superando juntos las muchas pruebas que la vida les tenía reservadas.
Poco después de su boda, el horizonte vital de Cervantes parece aclararse, cuando obtiene lo que tanto había anhelado. Por mediación del Alcalde de la Real Audiencia de Sevilla, Diego de Valdivia, Miguel de Cervantes es nombrado comisario real de abastos para la Armada Invencible.  Pero el cargo no es ni pacífico ni agradable: se trata de requisar grandes cantidades de grano, aceite, trigo y otras provisiones, con el consiguiente disgusto de sus propietarios, que no dudarán en intentar vengarse de él. Así comienzan quince años de peregrinaje por tierras de Sevilla, Córdoba y Jaén, llenos de denuncias y sinsabores. Lo excomulgan dos veces, en Sevilla y en Córdoba, por haber requisado grano perteneciente a la Iglesia; en Écija (Sevilla) es acusado de malversaciones, pero sale absuelto; en Castro del Río (Córdoba) es encarcelado por venta ilegal de trigo, si bien sale pronto en libertad gracias a la mediación de un amigo poderoso… Agobiado por tantas dificultades, dirige una petición al presidente del Consejo de Indias, solicitando un oficio allí; pero una vez más, recibe una respuesta negativa y decepcionante: “Busque por acá en qué se le haga merced.” Sin embargo, y a despecho de tantos sobresaltos, no abandona la pluma: escribe la Novela del Cautivo, que luego intercalará en la primera parte del Quijote; firma un contrato con Rodrigo Osorio por el que se compromete, a cambio de 300 ducados, a componerle seis comedias; escribe algunos poemas sueltos (odas a la Invencible, romances como La morada de los celos) y es posible que esboce algunas de sus novelas cortas, como El celoso extremeño y Rinconete y Cortadillo.
En 1593, su labor como comisario de abastos toca a su fin, coincidiendo con la muerte de su madre en octubre. Al año siguiente, Agustín de Cetina le encomienda una nueva tarea de recaudador, esta vez de los atrasos de tasas en el reino de Granada. La fatalidad hizo que Cervantes depositara el dinero recaudado en la banca de Simón Freire, que quebró poco después. Como le fue imposible reponer aquella cantidad con sus propios medios, Cervantes fue encarcelado en Sevilla el 6 de septiembre de 1597, por orden del juez Gaspar de Vallejo. Tan injusta prisión se prolongó varios meses, durante los cuales probablemente  esbozó el esquema del Quijote, e incluso comenzó su redacción. Ya fuera de la cárcel, compone el famoso soneto Al túmulo de Felipe II: “Voto a Dios que me espanta esta grandeza / y que diera un doblón por describilla…”
En el verano de 1600 abandona Sevilla, y entre nuevas complicaciones económicas se dedica de lleno a trabajar en el Quijote. En el año de 1603, el matrimonio Cervantes se instala en Valladolid, que es la nueva sede de la Corte. Les acompañan cuatro mujeres, todas parientes del autor: Andrea, su hermana mayor; Constanza, la hija de ésta; Magdalena, su hermana menor; e Isabel, su hija con Ana Franca. Todos juntos viven en el barrio del Rastro de los Carneros, junto al hospital de la Resurrección, donde el autor situará la acción de su novela corta El coloquio de los perros. 
El 16 de enero de 1605 se publica El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, dedicado al duque de Béjar, en la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta. El éxito es inmediato y fulgurante: enseguida salen ediciones piratas en Valencia, Zaragoza y Lisboa; a los tres meses, Cuesta lanza una segunda edición; cientos de ejemplares se embarcan rumbo a América... La alegría reina en casa del escritor ante un triunfo tan rotundo como inesperado, pero les durará poco: a finales de junio, un caballero de la Orden de Santiago llamado Gaspar de Ezpeleta es herido de muerte a las puertas de los Cervantes.  El juez encargado del caso, Diego de Villarroel, amparándose en la mala fama que en Valladolid tenían “las cervantas”, ordenó el encarcelamiento del escritor y de parte de su familia. Fue una prisión efímera, pero determinó que, al regresar la Corte a Madrid, Cervantes y su familia  fueran tras ella. A partir de 1606 vivirán, primero, en el barrio de Atocha; después, en la calle de la Magdalena, muy cerca de la imprenta de Juan Cuesta; y mucho más tarde, en el número 18 de la calle Huertas.
En el año de 1609, Cervantes cuenta ya sesenta y dos años de edad cuando empieza a perder a algunos de sus familiares más cercanos. En octubre muere su hermana Andrea; seis meses después muere su nieta, Isabel Sanz, fruto de las relaciones de su hija Isabel con Juan de Urbina; y a los pocos meses, su hermana Magdalena.  Él es ya un novelista consagrado y célebre, que asiste a las academias de moda y ve su Quijote traducido al inglés por Thomas Shelton.  No obstante, las decepciones que le han acompañado durante toda su vida siguen sucediéndose: en 1610 intenta acompañar a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, a su virreinato en Nápoles; pero el poeta y dramaturgo Lupercio Leonardo de Argensola, encargado de organizar la comitiva, lo deja fuera, lo mismo que a Góngora. 
En 1613 ven la luz las Novelas ejemplares, dedicadas al Conde de Lemos y publicadas también por Juan de la Cuesta. En 1614 se publica el Viaje al Parnaso, y César Oudin traduce el Quijote al francés. En 1615 sale la recopilación de su teatro (Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados) y la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha; en ese mismo año el matrimonio Cervantes se muda de casa por última vez, instalándose en la calle de Francos, frente al mentidero de los comediantes.
La salud del escritor ya no es buena, y ve su propia muerte cada vez más cercana. Enfermo de hidropesía y preocupado por su salvación, en el año de 1616 pronuncia los votos definitivos en la Orden Tercera de San Francisco, congregación de laicos formada por personas devotas, a la que ya pertenecía como novicio desde hacía algún tiempo.  El 18 de abril recibe los últimos sacramentos; el 19 del mismo mes redacta sus últimas líneas: la estremecedora dedicatoria de su novela póstuma, Los trabajos de Persiles y Sigismunda (Historia setentrional), dirigida al Conde de Lemos, que comienza así:
“Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: “Puesto ya el pie en el estribo”, quisiera yo que no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar, diciendo:
Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te escribo.”
 
 El viernes 22 de abril de 1616, un día antes de que lo hiciera William Shakespeare, el más universal de sus coetáneos, murió don Miguel de Cervantes a los sesenta y ocho años de edad. Fue enterrado al día siguiente, con el sayal franciscano, en el convento de las trinitarias descalzas de la que entonces era la calle Cantarranas, hoy calle de Lope de Vega, donde había profesado su hija Isabel de Saavedra.
Su viuda, Catalina de Salazar, gestionó en 1617 la publicación de Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Después decidió profesar también ella en la Orden Trinitaria, y pidió que, a su muerte, la enterraran en el mismo lugar que a su marido. Viviría en el convento hasta su fallecimiento, en 1626.
 
 
BIBLIOGRAFÍA
 
Cabañas Agrela, José Miguel: “Breve historia de Cervantes”. Ediciones Nowtilus, 2016.
Calvo Poyato, José: “Cervantes y Córdoba”. ABC de Sevilla, 16 de enero de 2016.
Garcés, María Antonia: “Los avatares de un nombre: Saavedra y Cervantes”. Revista de literatura, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, nº 130, año 2003.
Luengo, Segismundo: “Catalina de Esquivias: Memorias de la mujer de Cervantes”. Editorial Sial, año 2009.
Rodríguez Soto, Osvaldo: “Cronología cervantina”. Universidad de Alcalá de Henares (www.cervantes.uah.es)
Sliwa, Kryzstof: “Vida de Miguel de Cervantes Saavedra”. Estudios de Literatura 95, año 2005.
 

Biografía escrita por Raquel Yepes Sola

 


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Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra

CERVANTES, PADRE DE LA NOVELA MODERNA
 
 
Nace Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares, en el año de 1547. Es el cuarto hijo de un matrimonio desigual: el formado por Rodrigo de Cervantes, cirujano de cuota (es decir, sin titulación), sin bienes de fortuna y afectado por una sordera casi total desde niño; y Leonor de Cortinas, una dama de noble cuna que había recibido una esmerada educación, y que no pudo aportar nada al matrimonio, debido a la frontal oposición de sus padres a tal boda. Como vemos, el segundo apellido del autor del Quijote era Cortinas, y no Saavedra, nombre que tomaría años después, tras regresar de su cautiverio en Argel. Posiblemente naciera Miguel el 29 de septiembre, y recibiera, como era costumbre, el nombre del santo del día. Sólo hay evidencia de su acta bautismal, según la cual fue bautizado el 9 de octubre de 1547, en la iglesia de Santa María la Mayor. Ya estaban por entonces en el mundo sus hermanas mayores, Andrea y Luisa; otro hermano varón, Andrés, había fallecido al poco tiempo de nacer. A Miguel le seguirían otros tres: Rodrigo, Magdalena y Juan. 
 
La familia vivía en el corazón de Alcalá de Henares, en una casa contigua al hospital de Antezana. Pasaban estrecheces económicas, pues era difícil mantener a tantos hijos  con los exiguos ingresos de la profesión de don Rodrigo. En el año 1551 se trasladaron a Valladolid,  donde entonces se hallaba la Corte, en busca de mejor fortuna; allí se establecieron en el arrabal del Sancti Spiritus, y don Rodrigo, confiando en que así atraería a la clientela más solvente, contrató un ayudante, tomó un criado a su servicio y realizó una serie de gastos suntuarios que estaban realmente por encima de sus posibilidades. Al no poder devolver a tiempo un préstamo de 44.742 maravedíes, lo pusieron preso en la cárcel pública de Valladolid y le fueron embargados los enseres de la casa, el menaje, la ropa y los artículos necesarios para el ejercicio de su profesión. El desastre no fue total gracias a la rápida intervención de su madre, doña Leonor de Torreblanca, que en las cuarenta y ocho horas anteriores al embargo aprovechó para poner a su nombre la mayoría de los exiguos bienes que poseía su hijo. Varias veces fue liberado y vuelto a encarcelar, hasta que, seis meses después, consiguió liquidar las pertenencias que su madre había salvado y saldar con ellas la deuda pendiente. 
En cuanto se vio libre, en febrero de 1553, don Rodrigo volvió con su familia a Alcalá de Henares; pero como allí seguía sin poder ganarse la vida, decidió trasladarse, no sabemos con certeza si acompañado de su familia o no, a Córdoba. De allí era natural su padre, don Juan de Cervantes, licenciado en Derecho que había ejercido como juez de bienes confiscados por el Santo Oficio. Es posible que el pequeño Miguel asistiese allí al colegio de Santa Catalina, que los jesuitas acababan de fundar, y residiera con su familia en una casa de la plaza del Potro, uno de los lugares de ejercicio de la picaresca que luego recrearía en las páginas del Quijote y en sus Novelas Ejemplares.
A finales de 1564 reaparece don Rodrigo instalado en Sevilla, como administrador de unas casas de alquiler, bajo la protección de su hermano Andrés, que era propietario de una de ellas. Está demostrado que en esa estancia le acompañó su hija Andrea, entonces de veinte años de edad; pero no sabemos con certeza si el resto de la familia estaba con ellos, o bien habían permanecido en Alcalá. Tuvo lugar entonces la aventura amorosa de Andrea con el noble Nicolás de Obando, que después de prometerle matrimonio entabló con ella relaciones secretas de las cuales nació una hija, Constanza. Sin embargo, Nicolás, que era hijo de un magistrado del Consejo del Rey y sobrino del vicario general de Sevilla, no estaba dispuesto a casarse con la hija de un modesto cirujano, y rompió su promesa. Andrea le exigió una compensación económica y el apellido para su hija; Nicolás consintió. 
En el otoño de 1566, Rodrigo Cervantes se encuentra establecido con su familia en Madrid. Ahora está metido en negocios, entre otros, con Alonso Getino de Guzmán, músico, danzante y cómico, que había pertenecido a la compañía de Lope de Rueda y fue encargado de organizar los festejos para celebrar el nacimiento de la infanta Catalina Micaela, la segunda hija de Felipe II e Isabel de Valois. Gracias a él, el joven Miguel de Cervantes, a los diecinueve años, consigue dar difusión a su primer poema: un soneto compuesto para la ocasión, que apareció en uno de los medallones de los arcos conmemorativos. En 1568 le veremos estudiando con Juan López de Hoyos, rector del Estudio de la Villa, quien le encarga, llamándole “amado discípulo”, cuatro poemas para la relación oficial de las exequias de la reina, que se publicaría al año siguiente. Ya es Miguel de Cervantes todo un joven autor y poeta novel reconocido.
Sorprendentemente, en 1569 lo encontramos instalado en Roma, convertido en camarero del cardenal Giulio de  Acquaviva y Aragona, a cuyo servicio permanecería durante algo más de un año. ¿Cómo explicar tan brusco cambio de escenario? En septiembre de ese mismo año se había dictado una provisión real, en la que se ordenaba apresar al estudiante Miguel de Cervantes, por haber herido en duelo a un tal Antonio de Sigura, y se daban instrucciones para que con vergüenza pública le fuese cortada la mano derecha y estuviese en destierro del reino por diez años. Todo indica, pues, que tuvo que poner pies en polvorosa, y que gracias a los buenos oficios del banquero romano Pirro Boqui, amigo de su padre, pudo salir de España y entrar al servicio del cardenal. Plasmaría más tarde sus experiencias y su impresión de la ciudad de los Papas en las páginas de algunas de sus Novelas Ejemplares, como El licenciado Vidriera y La española inglesa.
Hacia la primavera de 1571, cuando el Papa Pío V crea la Santa Liga contra el Turco, Cervantes toma una decisión que marcará su vida: se alista en el ejército español. Con las tropas de Diego de Urbina, se embarca en la galera  Marquesa, enviada a prestar apoyo al contingente veneciano. A bordo, Cervantes enferma de malaria; las fiebres recurrentes que padece no le impiden luchar heroicamente en “la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”, como él llamaría a la batalla de Lepanto.  A bordo de la Marquesa recibe dos disparos en el pecho y un tercero en la mano izquierda, que se la dejaría inútil, convirtiéndolo para siempre en “el manco de Lepanto”.
 
Tras recuperarse de sus heridas, en 1572 se incorpora a la compañía de don Manuel Ponce de León, y ya como “soldado aventajado” participa en varias campañas militares sucesivas. En 1575, ya con veintiocho años de edad, decide regresar a España, y a principios de septiembre embarca en la galera  El Sol, que zarpa de Nápoles rumbo a Barcelona; pero una tempestad dispersa la flotilla en la que se integraba, y ya frente a las costas catalanas, su galera es apresada por corsarios berberiscos. Cervantes es conducido entonces a Argel, junto con los demás tripulantes; las cartas de recomendación que lleva consigo hacen que los corsarios lo crean una persona principal y pudiente, y fijan su rescate en quinientos ducados de oro, una cantidad que su familia no podía pagar de ninguna manera. Así comienzan los cinco años de cautiverio en los baños de Argel. Cervantes intentará fugarse hasta cuatro veces, pero siempre le traicionarán, le delatarán y las intentonas acabarán en un estrepitoso fracaso, asumiendo invariablemente don Miguel toda la responsabilidad para no perjudicar a sus compañeros. Su amo, el gobernador Hazán Bajá, terminó por cansarse de los problemas que le causaba aquel cautivo tan peligroso, y decidió enviarlo a Constantinopla. A punto de embarcar estaba, cuando el Redentor General de la provincia de Castilla, fray Juan Gil, pagó el monto del rescate. Era el 19 de septiembre de 1580. El dinero lo habían reunido, como pudieron, la madre y la hermana mayor de Cervantes. 
 
El 27 de octubre, tras cinco años y un mes de cautiverio,  desembarca Miguel de Cervantes en las costas de Alicante y regresa a Madrid. Tiene ya treinta y tres años; en Madrid intenta por todos los medios conseguir un cargo público que recompense sus servicios militares, pero sólo consigue que le encomienden una misión intrascendente en Orán, de la que regresa a principios de 1582.  No ceja en sus aspiraciones a conseguir alguna vacante, pero al mismo tiempo comienza a integrarse en el ambiente literario de la Corte, y escribe una novela pastoril, La Galatea, donde aparecen como personajes muchos de los poetas destacados de la época, con los que había hecho amistad. Datan seguramente también de estos años las primeras piezas teatrales suyas que se conservan: La Numancia y El trato de Argel, que más tarde refundirá con el título de Los baños de Argel. Surgen por entonces en Madrid los corrales de comedias, y escribir teatro se le antoja a nuestro autor el medio más rápido para ganar dinero y prestigio, al negársele una y otra vez la posibilidad de obtener cargo público alguno. No sabe en ese momento que el verdadero éxito teatral nunca le acompañará; logrará estrenar varias comedias, y éstas gustarán al público, pero triunfos rotundos como los de Lope o Calderón quedarán siempre lejos de su alcance. 
 
Mientras lucha por publicar sus obras, el año de 1584 traerá novedades a su vida personal. De sus relaciones con una mujer casada (una joven tabernera madrileña, llamada Ana de Villafranca o Ana Franca de Rojas) nace Isabel,  que será la única hija del autor, pues la posibilidad de que hubiera dejado un hijo en Italia, apuntada por ciertas fuentes y respaldada en opinión de muchos por ciertos párrafos de su Viaje al Parnaso, nunca se ha probado. Cuando lsabel, a los quince años, quede huérfana de madre, será recogida por una de las hermanas de Cervantes, Magdalena; vivirá desde entonces en compañía de la familia y recibirá el segundo apellido de su padre, Saavedra, otorgado por el propio escritor.   Pero en diciembre del mismo año del nacimiento de Isabel, el “manco de Lepanto”, que por entonces cuenta treinta y siete años de edad, se casa con Catalina de Salazar y Palacios. La novia es una joven de sólo diecinueve años que, pese a ser de origen campesino, sabía leer y escribir y dominaba el latín, algo muy poco corriente en su época. Cervantes la había conocido en Esquivias (Toledo), con ocasión de un viaje que hizo buscando patrocinadores para la publicación de sus escritos. Pese a la diferencia de edad, resulta claro que la muchacha quedó fascinada por los encantos de aquel maduro soldado que tan bellas palabras sabía decirle; y esa fascinación no fue efímera, pues Catalina y Miguel formaron un matrimonio unido y feliz, superando juntos las muchas pruebas que la vida les tenía reservadas.
Poco después de su boda, el horizonte vital de Cervantes parece aclararse, cuando obtiene lo que tanto había anhelado. Por mediación del Alcalde de la Real Audiencia de Sevilla, Diego de Valdivia, Miguel de Cervantes es nombrado comisario real de abastos para la Armada Invencible.  Pero el cargo no es ni pacífico ni agradable: se trata de requisar grandes cantidades de grano, aceite, trigo y otras provisiones, con el consiguiente disgusto de sus propietarios, que no dudarán en intentar vengarse de él. Así comienzan quince años de peregrinaje por tierras de Sevilla, Córdoba y Jaén, llenos de denuncias y sinsabores. Lo excomulgan dos veces, en Sevilla y en Córdoba, por haber requisado grano perteneciente a la Iglesia; en Écija (Sevilla) es acusado de malversaciones, pero sale absuelto; en Castro del Río (Córdoba) es encarcelado por venta ilegal de trigo, si bien sale pronto en libertad gracias a la mediación de un amigo poderoso… Agobiado por tantas dificultades, dirige una petición al presidente del Consejo de Indias, solicitando un oficio allí; pero una vez más, recibe una respuesta negativa y decepcionante: “Busque por acá en qué se le haga merced.” Sin embargo, y a despecho de tantos sobresaltos, no abandona la pluma: escribe la Novela del Cautivo, que luego intercalará en la primera parte del Quijote; firma un contrato con Rodrigo Osorio por el que se compromete, a cambio de 300 ducados, a componerle seis comedias; escribe algunos poemas sueltos (odas a la Invencible, romances como La morada de los celos) y es posible que esboce algunas de sus novelas cortas, como El celoso extremeño y Rinconete y Cortadillo.
En 1593, su labor como comisario de abastos toca a su fin, coincidiendo con la muerte de su madre en octubre. Al año siguiente, Agustín de Cetina le encomienda una nueva tarea de recaudador, esta vez de los atrasos de tasas en el reino de Granada. La fatalidad hizo que Cervantes depositara el dinero recaudado en la banca de Simón Freire, que quebró poco después. Como le fue imposible reponer aquella cantidad con sus propios medios, Cervantes fue encarcelado en Sevilla el 6 de septiembre de 1597, por orden del juez Gaspar de Vallejo. Tan injusta prisión se prolongó varios meses, durante los cuales probablemente  esbozó el esquema del Quijote, e incluso comenzó su redacción. Ya fuera de la cárcel, compone el famoso soneto Al túmulo de Felipe II: “Voto a Dios que me espanta esta grandeza / y que diera un doblón por describilla…”
En el verano de 1600 abandona Sevilla, y entre nuevas complicaciones económicas se dedica de lleno a trabajar en el Quijote. En el año de 1603, el matrimonio Cervantes se instala en Valladolid, que es la nueva sede de la Corte. Les acompañan cuatro mujeres, todas parientes del autor: Andrea, su hermana mayor; Constanza, la hija de ésta; Magdalena, su hermana menor; e Isabel, su hija con Ana Franca. Todos juntos viven en el barrio del Rastro de los Carneros, junto al hospital de la Resurrección, donde el autor situará la acción de su novela corta El coloquio de los perros. 
El 16 de enero de 1605 se publica El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, dedicado al duque de Béjar, en la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta. El éxito es inmediato y fulgurante: enseguida salen ediciones piratas en Valencia, Zaragoza y Lisboa; a los tres meses, Cuesta lanza una segunda edición; cientos de ejemplares se embarcan rumbo a América... La alegría reina en casa del escritor ante un triunfo tan rotundo como inesperado, pero les durará poco: a finales de junio, un caballero de la Orden de Santiago llamado Gaspar de Ezpeleta es herido de muerte a las puertas de los Cervantes.  El juez encargado del caso, Diego de Villarroel, amparándose en la mala fama que en Valladolid tenían “las cervantas”, ordenó el encarcelamiento del escritor y de parte de su familia. Fue una prisión efímera, pero determinó que, al regresar la Corte a Madrid, Cervantes y su familia  fueran tras ella. A partir de 1606 vivirán, primero, en el barrio de Atocha; después, en la calle de la Magdalena, muy cerca de la imprenta de Juan Cuesta; y mucho más tarde, en el número 18 de la calle Huertas.
En el año de 1609, Cervantes cuenta ya sesenta y dos años de edad cuando empieza a perder a algunos de sus familiares más cercanos. En octubre muere su hermana Andrea; seis meses después muere su nieta, Isabel Sanz, fruto de las relaciones de su hija Isabel con Juan de Urbina; y a los pocos meses, su hermana Magdalena.  Él es ya un novelista consagrado y célebre, que asiste a las academias de moda y ve su Quijote traducido al inglés por Thomas Shelton.  No obstante, las decepciones que le han acompañado durante toda su vida siguen sucediéndose: en 1610 intenta acompañar a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, a su virreinato en Nápoles; pero el poeta y dramaturgo Lupercio Leonardo de Argensola, encargado de organizar la comitiva, lo deja fuera, lo mismo que a Góngora. 
En 1613 ven la luz las Novelas ejemplares, dedicadas al Conde de Lemos y publicadas también por Juan de la Cuesta. En 1614 se publica el Viaje al Parnaso, y César Oudin traduce el Quijote al francés. En 1615 sale la recopilación de su teatro (Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados) y la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha; en ese mismo año el matrimonio Cervantes se muda de casa por última vez, instalándose en la calle de Francos, frente al mentidero de los comediantes.
La salud del escritor ya no es buena, y ve su propia muerte cada vez más cercana. Enfermo de hidropesía y preocupado por su salvación, en el año de 1616 pronuncia los votos definitivos en la Orden Tercera de San Francisco, congregación de laicos formada por personas devotas, a la que ya pertenecía como novicio desde hacía algún tiempo.  El 18 de abril recibe los últimos sacramentos; el 19 del mismo mes redacta sus últimas líneas: la estremecedora dedicatoria de su novela póstuma, Los trabajos de Persiles y Sigismunda (Historia setentrional), dirigida al Conde de Lemos, que comienza así:
“Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: “Puesto ya el pie en el estribo”, quisiera yo que no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar, diciendo:
Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te escribo.”
 
 El viernes 22 de abril de 1616, un día antes de que lo hiciera William Shakespeare, el más universal de sus coetáneos, murió don Miguel de Cervantes a los sesenta y ocho años de edad. Fue enterrado al día siguiente, con el sayal franciscano, en el convento de las trinitarias descalzas de la que entonces era la calle Cantarranas, hoy calle de Lope de Vega, donde había profesado su hija Isabel de Saavedra.
Su viuda, Catalina de Salazar, gestionó en 1617 la publicación de Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Después decidió profesar también ella en la Orden Trinitaria, y pidió que, a su muerte, la enterraran en el mismo lugar que a su marido. Viviría en el convento hasta su fallecimiento, en 1626.
 
 
BIBLIOGRAFÍA
 
Cabañas Agrela, José Miguel: “Breve historia de Cervantes”. Ediciones Nowtilus, 2016.
Calvo Poyato, José: “Cervantes y Córdoba”. ABC de Sevilla, 16 de enero de 2016.
Garcés, María Antonia: “Los avatares de un nombre: Saavedra y Cervantes”. Revista de literatura, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, nº 130, año 2003.
Luengo, Segismundo: “Catalina de Esquivias: Memorias de la mujer de Cervantes”. Editorial Sial, año 2009.
Rodríguez Soto, Osvaldo: “Cronología cervantina”. Universidad de Alcalá de Henares (www.cervantes.uah.es)
Sliwa, Kryzstof: “Vida de Miguel de Cervantes Saavedra”. Estudios de Literatura 95, año 2005.
 

Biografía escrita por Raquel Yepes Sola

 


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